Los parlamentarios ingleses, animadores de la primera revolución moderna que decapitó a un rey, Carlos Estuardo, opinaban que a un monarca se le respeta en la medida en que constituye una representación de sus súbditos y una encarnación viva del espíritu de la Ley, es decir de las normas que organizan las relaciones humanas.
La institución monárquica sirvió en sus inicios como elemento unitario, fue la base organizadora de los estados modernos. La disgregación de los señoríos feudales daba lugar a una dispersión de fuerzas y debilitaba la región donde se asentaban. La concepción del reino fue unificadora y logró la subordinación de las pequeñas soberanías a un fuerte gobierno central. Después se pasó a trasmitir el poder hereditariamente, aberración que hace depender del azar genético el advenimiento de un buen gobernante.
El atractivo principal de las monarquías reside en su atractivo para difusos sentimientos paternalistas, a la cómoda irresponsabilidad de quien confía en un tutor que se halla por encima de todos los poderes, de un progenitor omnisciente que guía y estimula.
Las repúblicas descansan en la racionalidad, el pluralismo y la consulta a las mayorías. Las monarquías confían en una oscura mansedumbre, en una leal supeditación a un símbolo.
Hay un cierto apego a las tradiciones, una idea de la identidad, un carisma, un mito nacional que se nutren de la imagen Real. Una de las ventajas de una monarquía parlamentaria podía ser contrabalancear los poderes elegidos democráticamente, vg., un consejo de ministros, un congreso, pero en estos días los reyes tampoco poseen tales poderes. Un rey neutral en política puede ser un excelente árbitro, y esa parecería ser la última utilidad que le queda al monarca británico.
Walter Bagehot, uno de los más acuciosos tratadistas de la monarquía, recomendaba que los reyes debían mantener un velo de encantamiento sobre los arcanos de su vida para sostener los poderes de arbitraje y símbolo que aun conservan los monarcas. El ser humano cede una parte de la soberanía que le es inherente a quien puede servir de conciliador, de regulador armónico de todas las fuerzas en pugna en el seno de una sociedad. Pero si ese elemento mediador pierde su autoridad y prestigio sobre los factores que debe arbitrar, cesa su utilidad y conveniencia.
Según The Economist, la monarquía no merece ya ningún apoyo pero abolirla daría más trabajo que seguir cargando con ella y distraería fuerzas de otras metas más importantes. Por lo tanto, según ellos, hay que seguir soportando ese mal que ya dura más de cien años.
(Lisandro Otero)
Fte:
La institución monárquica sirvió en sus inicios como elemento unitario, fue la base organizadora de los estados modernos. La disgregación de los señoríos feudales daba lugar a una dispersión de fuerzas y debilitaba la región donde se asentaban. La concepción del reino fue unificadora y logró la subordinación de las pequeñas soberanías a un fuerte gobierno central. Después se pasó a trasmitir el poder hereditariamente, aberración que hace depender del azar genético el advenimiento de un buen gobernante.
El atractivo principal de las monarquías reside en su atractivo para difusos sentimientos paternalistas, a la cómoda irresponsabilidad de quien confía en un tutor que se halla por encima de todos los poderes, de un progenitor omnisciente que guía y estimula.
Las repúblicas descansan en la racionalidad, el pluralismo y la consulta a las mayorías. Las monarquías confían en una oscura mansedumbre, en una leal supeditación a un símbolo.
Hay un cierto apego a las tradiciones, una idea de la identidad, un carisma, un mito nacional que se nutren de la imagen Real. Una de las ventajas de una monarquía parlamentaria podía ser contrabalancear los poderes elegidos democráticamente, vg., un consejo de ministros, un congreso, pero en estos días los reyes tampoco poseen tales poderes. Un rey neutral en política puede ser un excelente árbitro, y esa parecería ser la última utilidad que le queda al monarca británico.
Walter Bagehot, uno de los más acuciosos tratadistas de la monarquía, recomendaba que los reyes debían mantener un velo de encantamiento sobre los arcanos de su vida para sostener los poderes de arbitraje y símbolo que aun conservan los monarcas. El ser humano cede una parte de la soberanía que le es inherente a quien puede servir de conciliador, de regulador armónico de todas las fuerzas en pugna en el seno de una sociedad. Pero si ese elemento mediador pierde su autoridad y prestigio sobre los factores que debe arbitrar, cesa su utilidad y conveniencia.
Según The Economist, la monarquía no merece ya ningún apoyo pero abolirla daría más trabajo que seguir cargando con ella y distraería fuerzas de otras metas más importantes. Por lo tanto, según ellos, hay que seguir soportando ese mal que ya dura más de cien años.
(Lisandro Otero)
Fte:
http://www.unidadcivicaporlarepublica.es/casa%20irreal%202007/reyes%20y%20el%20tiempo.htm
